Súbitamente, el capataz que dirigía las obras de ampliación en la Avenida Javier Prado, una de las principales vías de Lima, ordenó detener las máquinas. Al escarbar un promontorio, la pala mecánica había extraído varios cráneos y otros restos de osamenta humana.
Guillermo Cock se dirigió a toda velocidad al lugar del hallazgo y al examinarlo
se sorprendió tanto como los asustados miembros de la cuadrilla. El arqueólogo
no imaginaba que el cementerio inca de Puruchuco, que había investigado
entre los años 1999 y 2001, pudiera extenderse hasta la mismísima
zona residencial de la ciudad.
Las excavaciones de rescate, que comenzaron al día siguiente, dieron
como resultado el hallazgo de 475 momias que se suman a las 1.836 que habían
aparecido en las anteriores campañas. Pero a diferencia de aquellas,
las más recientes estaban sepultadas casi a ras del suelo y en completo
desorden.
«En esta ocasión los sepultureros hicieron el trabajo deprisa
bajo la impresión de una catástrofe», relata Cock.
Había otras diferencias que capturaron la atención del investigador
de la Universidad Católica de Lima y de su socia, Elena Goycochea. Las
momias no estaban envueltas en fardos, como era la costumbre entre los años
1480 y 1535, durante el denominado horizonte tardío de la era incaica,
sino en paños simples que los deudos ataron como si se tratase de bártulos.
Para mayor asombro, las osamentas presentaban severas heridas, que no podían
haber sido infligidas por armas rudimentarias como las que poseían los
incas. Indudablemente, esos antiguos peruanos habían muerto a manos de
los conquistadores españoles. Las pruebas que se hicieron en el laboratorio
determinaron que aquellos varones, cuyas edades oscilaban entre los 18 y los
22 años, fallecieron en 1536, el mismo año en que Manco Inca Yupanqui
se rebeló contra Francisco Pizarro estableciendo un cerco en torno a
las colonias hispanas de Lima y de Cuzco.
Cuerpos envueltos en fardos
Los cuerpos de los guerreros rebeldes, momificados por acción de la
aridez del terreno y del clima, representan un testimonio elocuente de la feroz
batalla que culminó con la derrota de los incas.
Las anteriores campañas revelaron la existencia de una práctica
funeraria que no tiene parangón en ninguna de las civilizaciones antiguas.
Los habitantes del litoral peruano, donde se encuentra el cementerio de Puruchuco,
depositaban a sus muertos en grandes envoltorios rellenos de algodón,
sujetos con una malla de esparto.
De los miles de fardos rescatados durante las primeras excavaciones, 52 correspondían
a miembros de la nobleza sepultados de acuerdo con su rango: en posición
fetal, a más de siete metros de profundidad, junto con un rico ajuar
mortuorio (metido en la misma cápsula) que incluía tocados de
plumas exóticas y conchas de ‘Spondylus’, cerámica ornamentada,
etcétera.
El cementerio de Puruchuco es el más grande que se ha descubierto de
las antiguas culturas de América. Se calcula que unos 10.000 cuerpos
permanecen bajo tierra.
Los fardos señoriales estaban orientados hacia el noreste, en dirección
al sol naciente; poseían una «falsa cabeza» hecha de algodón
y también destacan por contener, además de la momia adulta, las
de uno o más niños envueltos en sus propios fardeles.
Probablemente esas extrañas mortajas colectivas responden a la creencia
de que el Señor era el guía de los pequeños en su tránsito
a la eternidad. Guillermo Cock y su equipo atribuyen el desproporcionado número
de niños en Puruchuco, a la elevadísima tasa de mortalidad infantil.
«En la zona costera, entre el 45% y el 48% de los habitantes no llegaba
a la adolescencia. La hipótesis de que hubieran muerto de desnutrición
no se sostenía puesto que en la época en que llegaron los españoles,
la agricultura incaica producía excedentes alimentarios. Las pruebas
del laboratorio resolvieron el enigma: esos chicos sufrían de parasitósis
intestinal», dice Cock.
El sitio de Puruchuco marca un hito en la investigación de las antiguas
culturas de América. No se ha descubierto un cementerio que se le iguale
en el número de individuos inhumados dentro de sus límites. Cabe
señalar que, según los cálculos de los investigadores,
unos 10.000 cuerpos permanecen bajo tierra.
«Si los muertos eran traídos de otras regiones es porque Puruchuco
debió ser un importante centro religioso. Pero no hemos encontrado nada
que confirme esa hipótesis y es posible que nunca lo encontremos»,
dice Cock, apuntando con el dedo hacia una población de chabolas, de
más de 12.000 familias, asentada en el área que aún no
ha sido explorada. «La cruda realidad social del Perú se interpone
a nuestro deseo de desentrañar el último secreto de Puchunco»,
concluye Cock.
Un cráneo agujereado
Uno de los hallazgos que más sorprendió a este arqueólogo
fue el cráneo perforado que le mostró uno de sus ayudantes, fue
que las excavaciones que dirigía habían tocado su fin. «Como
el agujero era de bala, supuse que se trataba de un homicidio reciente, o de
una ejecución perpetrada en la década de los 90 por los terroristas
de Sendero Luminoso. Como fuera, había que dar aviso a la Policía,
y con los agentes husmeando en el cementerio, no se podría trabajar»,
relata el investigador.
Afortunadamente, otro arqueólogo encontró el resto del esqueleto,
cubierto con los retazos de una vestimenta incaica. La víctima era un
guerrero de las huestes de Manco Inca y el autor del disparo, un soldado de
las tropas de Francisco Pizarro. El hallazgo llenó las portadas de los
periódicos. Era la primera evidencia física que se obtenía
de un amerindio alcanzado por la bala de un arcabuz español, durante
la conquista del continente. En una conferencia dictada en la sede de la revista
‘National Goegraphic’, en Washington, Cock reconstruyó el violento episodio.
«Las pruebas balísticas indican que el rebelde, un joven de unos
18 años, de complexión media, recibió el impacto mientras
caía al suelo, derribado por un golpe propinado con instrumento contundente
(¿un mazo?) que le destruyó la parte inferior de la mandíbula.
No sabemos si la bala que lo remató era una bala perdida o si el arcabucero
tenía una excelente puntería», indicó el arqueólogo.
Todavía más cruel fue el final de un individuo a quien los investigadores
bautizaron ‘Mochito’ (se les llama mochos en Perú, a las personas que
han perdido sus extremidades). Los cascos de un caballo le habían aplastado
el esternón; tenía amputada una de las extremidades y un dedo
limpiamente seccionado. El cráneo presentaba tres orificio rectangulares,
hechos con una pica…. «Los incas sucumbieron ante la superioridad tecnológica
del arsenal hispano», concluye Guillermo Cock.
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